Cali, junio 2 de 2026. Actualizado: martes, junio 2, 2026 17:53

Víctor Manuel García

Cuando los extremos mandan y el centro decide

Víctor Manuel García

Los resultados de la primera vuelta presidencial revelan un país fracturado en dos polos dominantes y un centro debilitado pero decisivo.

Abelardo de la Espriella obtuvo 10.361.499 votos (43,74%) e Iván Cepeda 9.688.361 (40,90%), mientras que el conjunto de candidaturas que representan el espacio de centro sumó en total cerca del millón y medio de votos, una cifra políticamente determinante.

Ese bloque, aunque disperso y sin candidato propio en segunda vuelta, es el que definirá la elección del 21 de junio.

La correlación de fuerzas es clara: dos extremos compiten por el poder, pero el desenlace depende de quienes no lograron pasar.

Lo primero que deja esta elección es la evidencia de una profunda inmadurez política. No porque existan candidatos estridentes —eso ocurre en cualquier democracia— sino porque una parte significativa del electorado decidió tomarlos como opción de gobierno.

El ascenso de Abelardo de la Espriella no se explica solo por su narrativa de outsider o por su habilidad para convertir la política en espectáculo.

Su éxito revela la fragilidad de una ciudadanía que, cansada de la política tradicional, confunde ruptura con destrucción y autenticidad con agresividad.

Votar por un personaje construido desde el show, sin experiencia administrativa y con un discurso abiertamente excluyente, no es un accidente: es el síntoma de un sistema político que ha perdido su capacidad de filtrar, moderar y educar.

La política, en lugar de elevar la conversación pública, terminó adaptándose a su degradación.

En la otra orilla, la izquierda cometió un error que era previsible. Iván Cepeda y Aida Quilcue representaron una apuesta identitaria y simbólica, pero electoralmente miope.

La radicalización del discurso —impulsada desde el propio gobierno y reforzada por sectores que confundieron movilización con purismo— terminó alejando a los votantes moderados que en 2022 hicieron posible la victoria del Pacto Histórico.

La exclusión de actores políticos como Roy Barreras y Armando Benedetti debilitó la estrategia territorial y reveló una lectura equivocada del momento político.

El progresismo creyó que podía ganar profundizando su núcleo duro, cuando la evidencia histórica muestra que en Colombia ningún proyecto de izquierda ha triunfado sin ampliar su coalición hacia el centro.

El reconocimiento público de Alfredo Saade, admitiendo que Roy y Benedetti fueron decisivos en 2022, confirma que la izquierda no tuvo olfato político justo cuando más lo necesitaba.

Paradójicamente, Roy Barreras terminó siendo el analista más preciso de la contienda. Su advertencia de que la diferencia sería estrecha, que nadie ganaría en primera vuelta y que el centro no tendría candidato pero sí la llave del poder, se cumplió con exactitud.

No es casualidad. Roy entiende algo que buena parte del sistema político ha olvidado: que las elecciones no se ganan solo con convicción, sino con arquitectura. Con coaliciones, con acuerdos, con lectura del clima social.

Por su parte la debacle de Paloma Valencia es otro síntoma del deterioro institucional. Su 6,92% no puede explicarse únicamente por la fuerza de los extremos.

Su campaña fue torpedeada desde adentro, víctima de un partido que perdió cohesión, narrativa y propósito.

El Centro Democrático llegó a esta elección sin claridad ideológica y sin liderazgo unificado.

Su caída no es solo electoral: es estructural. Y deja a la derecha tradicional en una posición de dependencia frente a un candidato que no representa su tradición, pero sí su desesperación.

En este escenario, el centro político —aunque sin candidato en segunda vuelta— emerge como el actor decisivo.

Los votos de Fajardo, Claudia López, Oviedo, Roy Barreras y Lizcano son apenas una parte de su influencia real.

Lo que decidan en las próximas semanas no solo definirá al próximo presidente: definirá si Colombia opta por la moderación o se entrega definitivamente a la política emocional.

La paradoja final es que quienes menos votos obtuvieron son quienes más entienden el momento político. Roy Barreras, con su capacidad para armar equipos y construir consensos, es hoy un activo codiciado. No por su fuerza electoral, sino por su comprensión del sistema.

En un país donde la política se volvió espectáculo, la técnica política —esa que no se ve, pero define— vuelve a ser determinante.

Colombia votó. Y lo que quedó al descubierto no es solo la fuerza de los extremos, sino la fragilidad del centro, la debilidad de los partidos y la vulnerabilidad de una ciudadanía que oscila entre la rabia y la desesperanza.

La segunda vuelta será una disputa emocional, pero el verdadero desafío será reconstruir un sistema político capaz de producir algo distinto a lo que hoy tenemos.

La pregunta no es quién ganará el 21 de junio, sino si seremos capaces de aprender algo de este espejo que, una vez más, nos muestra un país que no termina de reconocerse a sí mismo.

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martes 2 de junio, 2026
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