Cali, enero 26 de 2026. Actualizado: lunes, enero 26, 2026 16:23
El costo de no comunicar
Cuando los indicadores de seguridad muestran resultados positivos, reducción de homicidios, disminución de delitos de impacto, golpes contundentes a estructuras criminales y estrategias claras y efectivas, pero, la percepción ciudadana sigue siendo negativa, el problema no puede explicarse únicamente como un “desfase emocional” de los ciudadanos.
Tampoco es válido atribuirlo a una ciudadanía mal informada o exageradamente temerosa. Cuando la seguridad objetiva mejora y la percepción empeora, algo estructural está fallando.
Y ese fallo tiene dos dimensiones claras: cómo se mide la realidad y cómo se comunica.
La primera dimensión es técnica y suele subestimarse, la calidad de la medición. Los indicadores oficiales dependen, en gran medida, de la denuncia.
Cuando esta cae, no necesariamente porque haya menos delito, sino porque hay desconfianza, desgaste institucional o normalización de la violencia, se produce lo que los expertos llaman subregistro o cifra negra.
En ese escenario, las estadísticas pueden mejorar sin que la experiencia cotidiana de inseguridad disminuya.
El ciudadano sigue siendo víctima, pero deja de denunciar; el delito persiste, pero desaparece del registro.
Esto genera un riesgo grave para la política pública, se toman decisiones sobre una realidad incompleta.
La percepción negativa, lejos de ser un problema en sí misma, puede convertirse en una señal temprana de que algo no está siendo correctamente diagnosticado.
Percepción negativa sostenida más baja denuncia no es un error ciudadano; es una alerta estratégica que debe ser atendida.
La segunda dimensión y probablemente la más determinante es la comunicación estratégica en seguridad.
Aun cuando los datos sean sólidos y los resultados operacionales reales, si no existe un relato claro, coherente y permanente, la seguridad simplemente no se percibe. Y lo que no se percibe, no existe para la ciudadanía.
Visibilizar para sensibilizar, la comunicación en seguridad no puede limitarse a anunciar capturas, operativos o cifras aisladas.
Eso es comunicar acciones, no estrategia. El ciudadano necesita entender el rumbo, qué problema se está enfrentando, cómo se está abordando, cuáles son los límites, qué riesgos persisten y qué se puede esperar razonablemente del Estado.
Sin esa narrativa, los avances se diluyen y cada hecho violento refuerza la idea de inseguridad y descontrol.
Además, la comunicación reactiva la que solo aparece tras una crisis termina amplificando el miedo.
La comunicación estratégica debe ser proactiva, pedagógica y consistente, capaz de explicar tanto los logros como las dificultades sin triunfalismos ni silencios prolongados. Comunicar seguridad no es propaganda; es gestión de confianza y legitimidad institucional.
Alinear la percepción con la realidad exige dos cosas fundamentales, “medir mejor y comunicar mejor”.
Sin denuncia no hay diagnóstico, y sin diagnóstico no hay política pública eficaz. Pero, del mismo modo, sin comunicación no hay confianza, y sin confianza no hay seguridad sostenible.
La seguridad no se gobierna solo con operativos y cifras, se gobierna desde el relato. El silencio también comunica, y casi siempre comunica desconfianza.
El costo de no comunicar o no saber hacerlo se traduce en más miedo e incertidumbre, porque siempre el miedo avanza más rápido que las cifras.
