Cali, enero 26 de 2026. Actualizado: lunes, enero 26, 2026 16:23

Juan Pablo Ortega Sterling

Influencers en política: un alto costo democrático

Juan Pablo Ortega Sterling

Llegan las campañas electorales y, con ellas, los político-influencers. Y no, no se trata de que la política se haya vuelto digital.

Eso es una obviedad sin interés. La política siempre ha mutado con sus lenguajes: pasó por la plaza pública, el periódico, la radio y la televisión.

Hoy pasa por la pantalla del celular. Nada particularmente escandaloso hay en ello. El problema comienza cuando el medio deja de ser un vehículo y se convierte en criterio de selección.

Algo se rompe cuando la visibilidad empieza a funcionar como atajo moral y cognitivo. Cuando ser conocido reemplaza a ser competente. Cuando la familiaridad sustituye a la comprensión.

El Congreso, ese espacio diseñado para procesar conflictos complejos mediante reglas, técnica y deliberación, empieza a poblarse de figuras cuya única credencial es tener muchas vistas.

No se trata de redes sociales, ni de juventud, ni de las llamadas “nuevas formas de hacer política”. Se trata de una mutación silenciosa del principio representativo.

Elegimos no a quienes pueden pensar el interés general, sino a quienes logran interpelar emociones primarias con mayor eficacia. La política deja de ser una práctica exigente y se convierte en una extensión del consumo cultural.

Aquí aparece una confusión peligrosa: la idea de que toda popularidad es democrática. Como si el aplauso equivaliera a legitimidad sustantiva.

Como si la acumulación de seguidores fuera una prueba de comprensión del Estado. Pero la democracia no consiste en que cualquiera pueda gobernar, sino en que quien gobierna lo haga bajo control y con competencia. Sin lo segundo, lo primero se vuelve una ruleta.

El influencer convertido en candidato no llega con un proyecto, sino con una audiencia. No con una idea de Estado, sino con una identidad performada. No con propuestas, sino con causas.

Y las causas, por nobles que parezcan, no sustituyen el conocimiento de los instrumentos. El activismo puede señalar problemas; gobernar exige saber intervenirlos sin destruir lo demás.

La consecuencia es una política crecientemente antiintelectual, pero no en el sentido rebelde del término, sino en el más banal: una política que desconfía del saber porque el saber no emociona, no viraliza y no promete redención inmediata. Pensar se vuelve sospechoso.

Explicar, elitista. Dudar, traición. En su lugar, se premia la consigna, la indignación ritual y la simplificación moral.

Mientras tanto, quienes entienden la complejidad del Estado —quienes saben que legislar implica costos, efectos secundarios y límites reales— quedan arrinconados como figuras grises, poco carismáticas, incapaces de competir en la economía del escándalo permanente. No fracasan por falta de ideas, sino por exceso de sobriedad.

No estamos ante una rebelión popular contra las élites, sino ante algo más inquietante: una selección negativa del poder. Un sistema que filtra hacia arriba no a los más preparados, sino a los más adaptables al ruido.

Aristóteles intuía el problema cuando advertía que la degeneración de la política comenzaba al confundir igualdad con indiferenciación. No todos están llamados a hacer todo. No toda voz está preparada para decidir sobre todo.

El resultado no es una democracia más viva, sino una democracia más frágil. Cuando el poder se entrega a quienes no saben cómo ejercerlo, las instituciones quedan expuestas a los intereses de siempre.

La incompetencia no desafía a los poderes establecidos: los facilita.

Quizás lo más inquietante no es que estas figuras lleguen al Congreso, sino que nadie parezca escandalizarse demasiado.

Nos hemos acostumbrado a que la curul funcione como premio simbólico: al activismo más ruidoso, a la identidad más reconocible, al relato más compartido. Gobernar se vuelve secundario; lo importante es representar algo —lo que sea— aunque no se sepa qué hacer con ello.

El problema no empieza cuando el poder grita, sino cuando deja de pensar. Cuando dejamos de preguntar quién sabe, quién puede, quién entiende, y nos conformamos con quién aparece, quién conmueve, quién circula.

En ese punto, la política no colapsa: se vacía.

Y cuando el poder se vacía de pensamiento, todo lo demás se llena de consecuencias.

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