Cali, abril 24 de 2026. Actualizado: viernes, abril 24, 2026 20:19

Eduardo Castillo González

Vandalismo social: Cuando todo vale, la ciudad pierde

Eduardo Castillo González

Las ciudades no se deterioran de un día para otro. Lo hacen cuando ciertas conductas dejan de generar rechazo y empiezan a ser toleradas.

En Cali, el vandalismo asociado a la protesta se ha ido convirtiendo, poco a poco, en parte del paisaje urbano.

Una vez más, Cali fue escenario de disturbios en las inmediaciones de la Universidad del Valle.

Una escena repetida: enfrentamientos entre manifestantes y fuerza pública, daños a la infraestructura y una ciudad que termina pagando las consecuencias.

Lo preocupante no es solo el hecho en sí, sino su frecuencia. Se ha vuelto paisaje. La protesta es un derecho legítimo. Nadie lo discute.

Pero lo que estamos viendo dista mucho de ser una expresión ciudadana organizada. Cuando se destruyen estaciones del MIO, se atacan bienes públicos y se afecta la movilidad de miles de personas, ya no hablamos de protesta, hablamos de vandalismo.

Y ese vandalismo, hay que decirlo con claridad, se ha normalizado. Parte del problema radica en la interpretación conveniente de la autonomía universitaria.

Este principio, fundamental para la libertad académica, no puede seguir siendo utilizado como escudo para justificar el desorden, la violencia o la ausencia de control.

Una cosa es la autonomía y otra muy distinta la permisividad. Pero también hay una responsabilidad clara de las autoridades.

La respuesta institucional suele ser tardía, débil o insuficiente. Los hechos se repiten porque no hay consecuencias visibles.

La falta de control y de judicialización efectiva termina enviando un mensaje peligroso: aquí no pasa nada. Así, el ciclo se repite.

Protesta, disturbio, daño, silencio… y de nuevo los mismos días después. Mientras tanto, la ciudad pierde. Pierde recursos, pierde tranquilidad y pierde confianza.

Cada estación vandalizada del sistema de transporte masivo representa el esfuerzo de miles de ciudadanos que ven cómo se destruye algo que también les pertenece. No es solo infraestructura: es calidad de vida.

Lo más grave es la sensación de impotencia. Los ciudadanos observan cómo estos hechos ocurren sin que exista una solución de fondo.

Y cuando el Estado no logra garantizar el orden, lo que se erosiona no es solo la seguridad, sino la legitimidad institucional.

Cali necesita una respuesta distinta. No más improvisación. Se requieren estrategias claras de prevención, inteligencia y reacción. Pero, sobre todo, decisiones firmes. La autoridad no puede seguir siendo simbólica.

También es momento de exigir responsabilidad a quienes se manifiestan. No todo vale. No toda causa justifica el daño colectivo. Defender derechos no puede convertirse en excusa para vulnerar los de otros.

Sí a la protesta, claro que sí. Pero una protesta que construya, no que destruya. Que genere debate, no miedo. Que convoque, no que divida.

Finalmente, es inevitable preguntarse por el liderazgo en estos momentos críticos. La ciudad necesita presencia, dirección y mensajes claros.

El silencio o la ausencia solo profundizan la incertidumbre. Cali no puede seguir acostumbrándose al caos. Lo que hoy parece rutinario es, en realidad, una señal de deterioro que no se puede ignorar. La ciudad merece más. Y es hora de exigirlo.

Comments

viernes 24 de abril, 2026
ads_top
Powered by Sindyk Content
Arriba