Cali, enero 16 de 2026. Actualizado: jueves, enero 15, 2026 21:39
¿Se realizará un ajuste silencioso?
La primera quincena como termómetro del salario mínimo
Por estos días, el pago de la primera quincena del año deja de ser un simple hito administrativo y se convierte en una prueba de realidad económica.
Es el primer momento en el que trabajadores, empresas y hogares sienten en el bolsillo los efectos concretos del aumento del salario mínimo decretado para 2026, un incremento que supera con creces la inflación y que, según analistas y gremios, ya está generando reacciones en cadena en distintos sectores de la economía.
Para Sebastián González, abogado líder en Derecho Laboral y Seguridad Social de Scola Abogados, este primer desembolso revela un desbalance estructural entre ingresos y costos.
“Si una empresa o un hogar empleador debe asumir un aumento salarial del 23% mientras sus ingresos solo crecen al ritmo del IPC, cercano al 5%, se ve obligado a tomar decisiones defensivas: subir precios, reducir personal o informalizar el empleo. Cualquiera de esos escenarios termina afectando la inflación, la productividad y la calidad del trabajo formal”, explica.
El efecto no se queda en el plano empresarial. En los hogares, la quincena llega acompañada de una sensación ambigua: más dinero en términos nominales, pero menos margen real para gastar.
González plantea un ejemplo que ilustra el choque: Un hogar de clase media que pasa de ingresos mensuales de seis a 6,3 millones de pesos, en línea con la inflación, enfrenta al mismo tiempo un aumento superior al 23% en el costo de una empleada doméstica que devenga salario mínimo.
Al sumar salario, seguridad social y prestaciones, el gasto mensual por ese servicio puede crecer en más de 350.000 pesos, una cifra que absorbe por completo el aumento de ingresos del hogar y, en muchos casos, lo supera.
Desde el lado de los empleadores, la primera quincena deja en evidencia que el impacto va mucho más allá del salario base.
“El aumento arrastra aportes a seguridad social, prestaciones, recargos y beneficios que están indexados al mínimo. Eso genera un salto inmediato en los costos fijos, sin que exista un ajuste equivalente en ingresos o productividad”, señala González. En sectores intensivos en mano de obra —como servicios personales, comercio, restaurantes, vigilancia, aseo o transporte— esta presión se siente con especial fuerza.
Las respuestas que empiezan a observarse son, en su mayoría, defensivas. Reducción de horas y turnos, congelamiento de vacantes, no reemplazo de personal que se retira, tercerización de servicios y, en los casos más críticos, terminación de contratos o cierre de operaciones de baja rentabilidad.
“La prioridad deja de ser crecer o formalizar empleo y pasa a ser la supervivencia financiera”, resume el abogado.
El trabajador, por su parte, enfrenta una paradoja. Aunque recibe un salario mayor en la quincena, ese alivio puede ser transitorio.
Alzas en transporte, servicios, arriendos informales y bienes básicos comienzan a diluir el efecto del incremento.
Además, las decisiones empresariales para contener costos se traducen en menos horas extras, eliminación de beneficios no salariales y mayor inestabilidad laboral.
“En ese contexto, el aumento funciona más como un alivio momentáneo que como una mejora estructural del bienestar”, afirma González.
Un ajuste silencioso
Las señales tempranas que deja este primer pago quincenal apuntan a un ajuste silencioso en el mercado laboral.
No siempre hay despidos inmediatos, pero sí una desaceleración clara de la contratación formal y una mayor propensión a renegociar esquemas de trabajo.
En servicios personales y comercio, por ejemplo, comienzan a verse acuerdos por horas, reducción de días laborados o modalidades sin afiliación plena al sistema de seguridad social.
El traslado de costos a precios finales es otra reacción casi automática. Pequeños comercios, restaurantes y prestadores de servicios ajustan tarifas para compensar el mayor costo laboral.
El efecto, nuevamente, recae sobre el consumidor, que ve cómo el salario recién incrementado pierde capacidad de compra frente a una canasta de bienes y servicios más cara.
Este escenario ha alimentado, además, el debate jurídico en torno al decreto que fijó el salario mínimo. Una demanda de nulidad presentada ante el Consejo de Estado cuestiona, entre otros aspectos, la falta de motivación técnica suficiente y el impacto económico desproporcionado del incremento.
Aunque existen precedentes de control judicial sobre actos administrativos con efectos económicos, González considera que la probabilidad de que la nulidad prospere es baja.
La fijación del salario mínimo es un ámbito en el que el Ejecutivo tiene un amplio margen de apreciación, y el costo social y político de anular una medida con alto contenido simbólico es considerable.
En la percepción pública, el aumento se lee más como un acto de justicia social que como una discusión sobre productividad, informalidad o presiones inflacionarias.
Esa lectura, sumada a los efectos prácticos de revisar salarios ya pagados o expectativas consolidadas, hace que el debate técnico termine, en muchos casos, subordinado a la realidad política.
Así, la primera quincena del año deja una radiografía clara: el aumento del salario mínimo no opera en el vacío. Activa una cadena de decisiones en hogares, empresas y mercados que tienden a neutralizar su impacto positivo inicial.
Más que un punto de llegada, este primer pago se convierte en el punto de partida de un ajuste más amplio, cuyos efectos sobre el empleo formal, los precios y el poder adquisitivo real se irán revelando a lo largo del año.

